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LA VIDA SECRETA DEL ROCK ARGENTINO

 MARCELO FERNANDEZ BITAR

1ra. Edición: 2019
Editorial: Sudamericana 

Prólogo: El Autor


Un aspecto poco conocido en la historia del rock nacional es el vertiginoso avance técnico que ocurrió durante la década del 80 a la par del alcance masivo de las canciones más emblemáticas, la exportación de artistas hacia otros rincones de Latinoamérica y la llegada al país de figuras internacionales de primera línea.
Detrás de escena hubo un puñado de actores que acompañaron el crecimiento del rock local con pasión, entusiasmo desbordante, amor por su profesión y ganas de trascender las fronteras.

Marcelo Fernández Bitar rescata el trabajo de estos héroes anónimos que rodean los éxitos de la época de oro de figuras como Spinetta, Charly García y Soda Stereo.
Figuras que, contra viento y marea, sorteando las crisis económicas, lograron que la escena musical creciera y sentara las bases para el fenómeno actual del rock en la Argentina.

A modo de adelanto, compartimos el capítulo dedicado a Paul Tozer, el encargado de escenarios y logística que comenzó trabajando con Soda Stereo, fue responsable técnico de los primeros shows internacionales de estadios, y continúa en el mismo rubro después de más de tres décadas.

Paul Tozer es la persona que figura como “manager de producción” en casi todos los grandes recitales en la Argentina de las últimas tres décadas. Armado de escenarios y logística es lo suyo, desde Tina Turner en River (1988) hasta el último Lollapalooza local.
Empezó casi de casualidad, como toda su generación.
Su hermano fue baterista de Nito Mestre, así que lo acompañaba a los shows y en 1981 terminó trabajando con “la monada”, nombre genérico para un equipo de gente con nombres y apodos como Pablito, Pecas y el gordo Eduardo. Su debut fue en el Country Club de Banfield, y desde entonces no paró más.

“Una de las cosas que aprendí —cuenta— es que esto había que hacerlo como un laburo profesional, porque siempre existió el tipo que terminaba de laburar, se tomaba 32 cervezas a la noche, se iba a dormir a las dos de la mañana, y a las siete tenía que estar en el lobby. 
Quizás en esa época sucedía con muchos de nosotros, pero con un montón de gente no.
Eso también empezó a marcar la diferencia: todos arrancamos simplemente porque nos gustaba la música. Toda la gente que está en este medio tiene una pasta especial para esto; no eligió hacer otra cosa. Nos gustaba, le dimos para adelante, y cada uno desde su lugar mejoró las condiciones laborales, los horarios y las formas. Y copiábamos cuando venía gente de afuera para organizar los shows.
La primera visita de Guns N’ Roses, por ejemplo, fue toda producción local, así que vinieron para ver cómo hacíamos el montaje de escenario, la entrada de sonido y de luces. Hacían lo mismo que terminamos haciendo nosotros muchos años más tarde con los primeros recitales grandes en Chile. Yo fui muchísimo a Chile a hacer shows internacionales con mucha producción local, haciendo los túneles para entrar al estadio Nacional de Chile con las grúas de U2.
Y no eran dos semanas en Chile, era un mes y medio de trabajo”.


¿Cómo eran esos shows de Nito Mestre en cuanto a escenario, luces y sonido?
Había un camioncito con unas cajas de sonido enormes de Milrud.
De hecho en esa época venía a los shows la gente de Milrud, como Pirilo y Masita. Eran los mejores monitores de la época, por el tamaño de las cajas. Se armaba eso, y en luces no había que pensar en techos ni colgar nada porque estaban las famosas torres con par 300 de Quaranta, alguna luz de contra, alguna de frente y ya.
El escenario era lo que había, del tamaño que había, con alguna tarima para la batería. El sonido estaba más avanzado, pero las luces iban muy por detrás. Hoy corrés a la par con las luces de afuera, apenas estamos un pasito atrás, pero en ese momento era lo que había: par 1000 y par 300. Aparte, íbamos y conectábamos nosotros mismos, porque los chicos de luces de la época eran electricistas, iluminadores y hacían todo lo que había que hacer. Éramos un grupo chico: iban dos a armar sonido, dos atrás a armar luces, y los demás eran los de la banda. Todos hacíamos todo, porque no existía la gente de carga: no había gente o ayudantes de carga, como hoy, cuando un camión lo descargan doce personas.
Nosotros entrábamos y sacábamos todas las cosas. Después pasé a trabajar con Los Abuelos de la Nada, donde conocí a Eduardo Hinrichs, que era como el segundo atrás de Milrud en cuanto a proveer sonido. Dirigí mi actividad hacia la empresa de sonido e hice muchísimos años de depósito, armado de cajas, aprendiendo a soldar cables y preparar los equipos.
Fue el auge de la salida de todos los grupos nacionales, pos-Malvinas: Miguel Mateos, Marilina Ross, Abuelos, Los Twist, Celeste, Virus. Y había clientes que eran específicos de Milrud, como Charly. Yo era asistente de sonido y trabajaba con las bandas. Ahí comenzó mi época de Soda; hice un poco de escenario, un poco de sonido y asistencia de escenario. Estuve con ellos toda la primera época, cuando salíamos para hacer shows los viernes, sábados y domingos con un camioncito chiquito, Mercedes 608, equipito de sonido y de luces, para ir a lugares como La Esquina del Sol, Quilmes, Pinar de Rocha y La Casona de Lanús. Se hacían muchos dobletes, con doble equipo de sonido, y ellos llevaban todos los instrumentos. Después me quedé en la empresa de sonido y me despegué un poco del tema de la música. Cuando volví, la primera gira grande que hice con Soda fue “Canción animal”, en 1990, como parte de producción y stage-manager.


¿Alguna anécdota de Soda?
Recuerdo a Soda en el Gran Rex, con todo el piso blanco. La historia es que nos fuimos una noche con todo armado y pintaron el piso del escenario, pero en vez de látex blanco lo pintaron con sintético blanco. ¡Entré a la mañana y sentí el olor a pintura del sintético! Un desastre. Me volvió a pasar algo parecido con Paul McCartney en River Plate: armaron uno de los vestuarios para él y hubo que hacer un piso de madera donde el carpintero se mandó un trabajo increíble. Era Chaja, uno de estos grandes colaboradores de la industria. Hizo un piso de madera impecable, un laburo artesanal porque ese vestuario tiene una forma rara por todos lados, y uno de los chicos que trabajaba con él lo iba barnizado pero con barniz al aceite. Conclusión: cuando nos dimos cuenta, a las cuatro de la mañana hubo que sacar todo el piso completo, limpiarlo y volver a armar otro piso para poder entregarlo a las ocho de la mañana cuando entraban ellos.

Después pasaste a trabajar en las visitas internacionales de Grinbank.
Primero me convocaron para ser traductor para Sting y Tina Turner en River. También hice Amnistía, pero el de Mendoza.
Fui a hacer la parte de audio, con el viejo sistema de cajas de Milrud.





Según Ohanian, el salto de calidad empieza con los requerimientos de los riders.
Cuando empiezan los riders, en la oficina de Grinbank en la avenida Leandro N. Alem, había un cuarto chiquitito que tenía la máquina de fax. Vos llegabas a la mañana y veías en el piso el rollo de papel con todo el rider de David Bowie, por ejemplo. Empezabas a cortar hoja por hoja, leer y ver cuántas te faltaban o habían salido borrosas. ¡Esos riders eran terribles! Todavía me acuerdo de leerlos y decir: “¿Qué es todo esto de luces que piden?”. Hoy lo buscás en Internet y te sale la foto, la información, quién lo hizo y quién lo tiene. Pero en aquel momento era: “¿Qué hacemos?”. Así que había que agarrar el teléfono y averiguar, preguntar, me das, te puedo dar, tengo esto, tengo lo otro… todo un ida y vuelta. Sí, definitivamente hay un antes y un después del primer rider técnico, porque es una especie de contrato de luces y sonido terriblemente exigente. ¡Y que no te faltara una hoja! Los riders hay que leerlos de la primera hoja hasta la última, ítem por ítem. Hoy sin rider no vamos para adelante. Mandame el rider y empezamos. Es un contrato con el cual tenés que comprometerte al ida y vuelta para chequear todo. Es muy fácil, escribís: tengo, no tengo.

El mito es que los riders incluyen pequeñas trampas tipo cazabobos, con requerimientos raros o imposibles, para chequear si los leen.
Tal cual. Hay uno muy famoso (de Van Halen) que pedía golosinas M&M en el camarín, “pero sin los marrones”. Después nosotros hicimos lo mismo al armar nuestros riders. Me acuerdo de que al hacer el de Soda pusimos algo que tenía que ver con la temperatura del camarín. En la gira de 2007 pedimos una bebida dietética que ya no se fabricaba más, para darnos cuenta si habían leído el rider. Pero para nuestro asombro un día llegamos a Estados Unidos, donde todavía existe esa bebida, y Diego Sáenz me dijo: “¿Fuiste al camarín? ¡Hay latas de Tab!”. O sea que claramente habían leído el rider de punta a punta.


¿Cómo eran los escenarios en los comienzos de Soda?
En esa época todavía no había estructura. Recuerdo que había escenarios hechos con cajones de cerveza, creo que en Santiago del Estero. Y ni hablar de los vallados: la gente iba hasta el borde del escenario. Recién más adelante aparecieron los fenólicos para el frente del escenario. Pero en todos esos primeros años lo hacíamos sin vallado. Hace poco encontré fotos de una gira de Soda a Bariloche, y la carga era un micro que en la mitad de adelante tenía asientos, y en la mitad para atrás iban las cajas de sonido, los instrumentos y las luces. Es bastante posterior el uso de micros de gira, que en realidad ante los controles de la ruta iban declarados como casas rodantes o casas de familia. ¿Te imaginás abrir un micro y encontrarte con Sumo y Los Violadores? “¿A quién transporta?”, “Familia y amigos”, “A ver, ábrame la puerta”, y entraba la gendarmería al micro, y muchos se bajaban porque si no, se tenían que quedar dos días con el micro parado. Hoy, los micros en el exterior son una cosa que no puedo creer. Están estacionados fuera del estadio: llegan, tienen lugar para estacionar, cada uno su enchufe de energía y la limpieza de los baños. No van al hotel, siguen durmiendo en los micros. Se abren los laterales, se extienden y hay living, Internet, tele, habitación, heladera, todas las bebidas y comida que quieran. Otra diferencia es que todos se bañan en el vestuario del club. Por eso, una de las primeras cosas que nos llamaba la atención en los riders de afuera era que pedían 250 toallas. ¿Para qué quieren 250 toallas? Era mitad para que el crew se pudiera bañar en el estadio, y el resto para los artistas.

¿Para los River de Sting y Tina Turner, se trajo todo?
Tina se hizo con luces de Quaranta y Fernández, y un piso de sonido de Milrud y de otro más. Creo que para ese show Grinbank trajo un techo de afuera que se usó para colgar una planta de luces, junto con una estructura de caño y nudo. Rod Stewart también trajo un techo de afuera que era de un belga y que todavía sigue dando vueltas por acá. Para no traer toda la estructura, que era mucha carga, durante muchos años seguidos se usaba una mezcla de estructuras argentinas y un techo que venía de afuera, por vía marítima en uno o dos contenedores. De ahí pasamos a las grúas: se usan grúas de 60, 90 y 120 toneladas para montar esos escenarios que entran en un montón de contenedores y pesan muchísimo.

Los de seguridad también fueron aprendiendo.
Están en el frente del vallado y tienen que saber lo que están haciendo. El escalón del “free-standing” existe para que el tipo de seguridad se pueda parar arriba del escalón y sacar a alguno. Con los shows grandes, el público tiene experiencia y deja espacio cuando hay alguno caído, para que no lo pisen. Hay un buen comportamiento. Yo sufrí más que nunca en la última gira de One Direction, con el campo dividido en cuatro y los pibes corriendo por todos lados hasta llegar al frente del escenario. En los primeros 20 metros es un público complicado porque se aprisionan y se sofocan. Hoy hay una exigencia de parte del artista y vienen sus tipos de seguridad a revisar todo. Con algunos se puede cambiar un poco el plan y ver dónde conviene poner cada una de las piezas, pero con Pearl Jam, olvidate. Al día de hoy, Pearl Jam usa una T en el frente del escenario, y no hay forma de decirles que no tenemos gran capacidad de campo para hacerlo así.

¿Padeciste problemas de logística, con aviones que no llegan o micros que se quedan en la ruta?
Varias veces hubo problemas de micros y terminamos yendo todos en taxi o en autos del productor para poder llegar a tiempo. Recuerdo un problema con el techo de Rod Stewart: salimos del estadio de Montevideo y por algún motivo el camión se fue a la banquina, volcó y el techo se dio vuelta. Terminamos con Carlos Ruiz y Nestor Raschia levantando piezas embarradas para poder guardarlas en el camión. En cuanto a los aviones que no llegan, ahí ves la fortaleza y poder de decisión de productores como Roberto Costa, Grinbank o Fernando Moya. Con Phil Collins en River dieron puerta cuando el avión que venía demorado recién había despegado de Montevideo. O sea que debía despegar y aterrizar, teníamos que meter el equipo en los camiones, llevarlo a River, subirlo al escenario y montar en tres horas lo que habitualmente se hace 36 horas antes. ¿Sabés qué es lo asombroso? Que cuando se juntan todas las partes para poder hacerlo, funciona. Nos pasó lo mismo con el show de Eric Clapton en Montevideo: en la mañana en que íbamos a mostrar el sonido, las luces y todo montado, había tanta lluvia y viento que Moya dijo: “El show hay que hacerlo en otro lado, saquemos todo”. ¡Eran las nueve de la mañana y el show era a las nueve de la noche!
Dio la orden de sacar sonido y luces mientras veía si estaba disponible un lugar llamado El Cilindro; al mismo tiempo que nosotros desarmábamos en el Velódromo, se armó un escenario allá. El productor de Clapton me dijo: “Son las diez de la mañana y no creo que lleguen a hacerlo, pero a las cinco de la tarde voy al otro lugar y si estamos en condiciones de hacer el show, lo hacemos ahí”. Otra vez, cuando las cosas se tienen que dar y se aceitan, salen adelante.
Quizás ahora muchos están más acostumbrados a los festivales y hay otra expertise, pero en ese momento fue llamativo bajar la planta de luces y de sonido, cargar los camiones, desarmarlos, reacomodar todos los asientos de la platea en otro lugar, marcar las sillas, armar el escenario, alfombrarlo, colgar las luces y el sonido. Hasta tuvimos que armar una estructura de tipo Layher para poder colgar el sonido ahí adentro.
A las cinco de la tarde llegó el tipo y ya estábamos subiendo el escenario armado y alfombrado. Cuando termina el show, Clapton se quedó en el camarín y nos mandó a buscar a Moya, a mí y a Analía Tulusi para darnos la mano y felicitarnos por la situación.
“Gracias, la verdad que salvaron un show”, dijo. ¡Me dio piel de gallina, porque muchas veces estoy seguro de que los artistas ni se enteran de lo que pasó afuera, y este tipo sabía todo lo que estaba pasando!

ESCENAS DEL DELITO AMERICANO



INDIO SOLARI

1ra. Edición: 2017
Editorial: Sudamericana
Prólogo: Marcelo Figueras



Escenas del delito americano se trata de un libro de historietas que cuenta con dibujos de Serafín y en el cual Caballo Loco repasa a través de la ficción algunos guiños a su adolescencia y desafíos hacia el lector respecto del verdadero fin del mensaje emitido.
Este es un proyecto que el Indio Solari viene trabajando hace muchísimos años y está atravesado por la contracultura que lo formó como persona y artista. Por cierto, el mítico cantante aparece en la ficción como un personaje.
Bromea con que los dibujantes ‘me hicieron más reconocible de lo que quisiera‘. Y continúa: ‘yo les pedí que me trabajaran como a Marlon Brando en Apocalipsis Now, que cuando aparece se le ve un pedazo de pelada, un ojo y nada más. Hasta que aparece de cuerpo entero, la presencia nomás de Marlon Brando es apabullante‘.

“Con El delito americano invito a un juego sintáctico y gramatical que oculta con ambigüedades -a eso me dedico- el objetivo de enfrentar al lector con el sentido de un futuro atomizado y cruel, en el cual la ciencia ha dejado de robarle tiempo a la eternidad. Las palabras que lo describen flotan en libertad enfocando aquí y allá un mundo desarticulado y sin pretender la subversión ni el sabotaje del lenguaje reflexivo; más bien suspiran por esa posibilidad. Esta aventura psicotomimética forma parte de un cuerpo mayor que quizá mi pereza y un interés ajeno a mí me permitan algún día sacar a la luz.” Indio Solari

“El Peregrino llega a una casa de salud dirigida por un tal Semasendhi, en la que éste hospeda a un grupo de freaks notables de los primeros años 70.
La idea de Semasendhi es ayudarlos a recuperarse del precio que el combate contra el sistema se ha cobrado sobre sus cuerpos y psiquis. Parte del 'tratamiento' consiste en someterlos a la Mental Grammar Sphere, una cámara que permite a los operarios de la clínica registrar los sueños de los pacientes.
Lo que deslumbra al doctor es el hecho de que todos sus huéspedes sueñen exactamente lo mismo: visiones de un futuro muy próximo en el cual el imperio dominante cedió poder ante otros feudos. Rusia, México y una China convertida al cristianismo por obra de un sacerdote aficionado a la lisergia juegan el juego del poder. Argentina, Chile y Uruguay consiguen mantenerse apartadas del caos. Mientras, en el norte, Manhattan brilla como último bastión de la resistencia de la Nueva Roma. Por supuesto, existen sospechas sobre las verdaderas intenciones del doctor: no está claro si trabaja en beneficio de la Nueva Izquierda o les debe algo a esos neonazis con los que suele conversar en secreto.”
Marcelo Figueras

MIENTRAS OTROS DUERMEN

FERNANDO SAMALEA

1ra. Edición:
2017
Editorial: Sudamericana
Prólogo: Ludovica Squirru Darí
               Sandro Romero Rey


Fernando Samalea homenajea a sus compañeros de ruta con las anécdotas que los unieron: García en su incendiario período Say No More; Joaquín Sabina cuando gestaba 19 días y 500 noches, y Gustavo Cerati, a quien acompañó en sus giras Ahí vamos y Fuerza natural.
En estudios, escenarios, aviones y bares de todo el mundo, los músicos de varias generaciones, estéticas y búsquedas -Fabi Cantilo, A-Tirador Láser, Caetano Veloso, Joan Manuel Serrat, Calle 13, Fernando Kabusacki...- protagonizan la novela mayor que cuenta la historia privada del rock argentino y la de la música en castellano.

FERNANDO SAMALEA nació en Buenos Aires el 24 de noviembre de 1963.
Se dedica a la música desde niño, aunque también ha coqueteado con el fútbol, el dibujo y la arquitectura.
Editó once CD-libros (música instrumental de bandoneón protagónico, acompañada de relatos escritos), cinco discos en colaboración con otros artistas, y compuso varias bandas sonoras.
Con su bandoneón y diferentes grupos de apoyo, realizó un centenar de conciertos personales en Argentina, España, Estados Unidos, Bélgica, Uruguay y Brasil.

Obtuvo el Premio Gardel 2010 al Mejor Álbum Instrumental-Fusión por Primicia.
Como baterista, desde mediados de los ochenta formó parte de Metrópoli, Clap, Fricción y el Sexteto Irreal.
Ha grabado y girado con las bandas de Charly García, Gustavo Cerati, Andrés Calamaro, Illya Kuryaki & The Valderramas, Joaquín Sabina, Draco Cornelius Rosa, Fabiana Cantilo, Daniel Melingo, Willy Crook & Funky Torinos, Calle 13, María Gabriela Epumer, Hilda Lizarazu, Benjamin Biolay, CocoRosie, Bianca Casady, Axel Krygier, A-Tirador Láser, E lectric Gauchos, David Broza, Fernando Kabusacki y Marina Fages, entre muchos otros.
Además de músico, se declara motociclista de carretera perdida, bartender ad honórem, amante de las bañaderas, y cultor del ocio creativo y de la vida sin responsabilidades.
En 2015 publicó "Qué es un long play" y este "Mientras otros duermen".

"De Charly a Cerati, de Spinetta a Calamaro e Illya Kuryaki El primer beso. El fútbol, el cine de barrio, los shows en cabarets y barcos. Los encuentros mágicos con Sabato. El destape posdictadura. Del niño que hacía música con latitas al músico consagrado que recorrió el mundo. Las aventuras y los escenarios con Charly García. Los días con Calamaro, Cerati, Melingo, Fabi Cantilo y Draco Rosa. Los encuentros con Spinetta, Moris y Horacio Ferrer. Rock, jazz y tango. El hip-hop de la mano de Illya Kuryaki & The Valderramas.
En esta obra imprescindible y fundamental, el autor nos lleva a recorrer un universo que respira. Rodolfo Palacios
Sus viajes, sus colaboraciones, una memoria prodigiosa, décadas enteras de historia viva que lo encuentran como testigo de privilegio de movimientos musicales, episodios existenciales y aventuras vitales que Fernando nos ofrece con lujo de detalles y recuerdos inoxidables. Una obra merece ser leída o escuchada, pero una vida merece ser contada"
.
Andrés Calamaro

"Siempre me sorprendió la musicalidad de Fernando. No piensa como un baterista, no tiene vicios musicales, ni de los demás. Su primer libro me divirtió mucho. Tiene más memoria que yo! Le deseo mucho éxito como escritor. Es el primer escritor-baterista que conozco". Charly García, 2016

"Más allá de que lo admiro profundamente, se me reveló como una persona que irradia un optimismo tan contagioso como vital. Siempre tiene alguna historia para contarte, internándose sin prejuicios en mundos nuevos y haciendo amigos por doquier. A pura luz y bohemia, Sama propaga el hedonismo romántico que lo ha mantenido casi inalterable a lo largo de estos años. Es un privilegio ser su compañero de ruta y su amigo". Gustavo Cerati, 2007